El Cazador observaba en la noche el gran ático. Estaba lleno de personas. Y de no tan personas.
Aquella noche se celebraba una de las Aquelarres más importantes del año; la Aquelarre del Día de los Difuntos. Y para celebrarlo, iban a hacer algo bastante inusual.
La hoguera alcanzaba ya los dos metros y tenía un intenso color azul fantasmal.
Diez personas atadas y amordazadas reposaban sobre una colcha en un lado del ático, a punto de ser sacrificados para la Invocación.
Los francotiradores ya se habían posicionado en los diferentes balcones y se preparaban para dispar.
Un alto hombre, de piel cenicienta y pelo blanco pálido cogió a una mujer de unos veinte años
de la zona de los prisioneros y gritó. Acto seguido, uno a uno, los fueron matando a todos.
El Cazador empezó a mirar hacia sus lados, pero todos los francotiradores estaban envueltos en sangre.
Habían muerto.
Y de entre las llamas surgió una figura. Una figura de llamas y humo primero, una gran figura de carne, de piel azulada, dos metros, largos cuernos y patas de cabra después.
El Demonio desapareció y se presentó junto al Cazador. Tenía ojos rojos sin pupila, encendidos como carbones.
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