"Desperté en la playa solo.
Examine mi cuerpo, estaba cubierto de magulladuras por la caída libre al agua desde
diez metros; pero por lo demás estaba bastante bien.
Al menos, físicamente.
Pues mi alma estaba desgarrada, gangrenada
y herida de muerte.
Miré a mi alrededor, sin ganas,
pues mi mente se planteaba el como sobrevivir a la caída.
Durante aquel examen visual sentí que mi alma devoraba con gula la
panacea perfecta que se sentaba junto a mí.
Una joven de largo pelo oscuro, como la medianoche;
con ojos como lustrosos azabaches, como la oscuridad brillante.
Y sentí que volvía cuan San Lázaro de las Puertas del Hades.
Había que ser más que nihilista para no sentir nada por ella.
Ni una diosa podía igualarla.
Aun así tenía defectos. Lógicamente.
Pero sus defectos son partes de su perfección.
Levanté la mirada y la suya allí estaba.
Me sonrió como si su boca estuviera llena de perlas;
con una calidez que ni la Linterna de Apolo iguala.
Y sentí que mi alma se curaba.
Y que nunca moriría."
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