La tempestad asolaba la zona, pero aun así, la luz de la Luna se abría paso entre las nubes oscuras, burlona en la Cúpula Celeste.
Cuando la Luna llegó al Cenit; la tierra se sacudió, entre los flashes el Hombre de Negro pudo ver pálidas manos, heladas desde antaño surgían bajo la influencia de la Dama Blanca.
Pero el Hombre de Negro no tenia que temer, pues el mismo pertenecía a la Noche, y sus otros hijos no le harían daño.
En el centro del Cementerio, había un árbol, seco y oscuro; con un hombre empalado en una de sus ramas mas grandes. Un cuervo lo devoraba con gula, esperando darse un festín en solitario. Y junto al árbol, una hoguera de llamas esmeralda que ardían bajo la lluvia. Rodeándola, un variado grupo de hijos de la Noche vertían una vasija llena de sangre carmesí a un caldero de hierro negro, santificado al Malvado.
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